miércoles, 20 de julio de 2011

CRÓNICA

MI PRIMER APARTAMENTO DE SOLTERO Y EL ESTACIONAMIENTO BARATO QUE SOLÍA SER UNA HERMOSA PRADERA.

DANIEL NORIEGA

El joven soltero encontró su hogar por accidente una mañana cuando considerándose un completo desorientado decidió perderse en su vieja/nueva ciudad para conocerla y ya no tener que depender de los molestos taxistas. Caminaba él desde la universidad con rumbo desconocido, observando los colores y disfrutando del olor de las cosas nuevas, un letrerito, que en realidad era cualquier hoja impresa, le anuncio gentilmente la disponibilidad de habitación y los números telefónicos a los que podía comunicarse. El edificio era una casa verde de dos plantas con pequeñas jardineras delanteras, el portón de negro fierro era algo difícil de abrir, las ventanas miraban a la calle, cruzaban un colegio y se perdían en una vista panorámica de la ciudad a unos metros se extendía una pequeña pradera. Daniel viviría allí por los próximos 3 años,

El ahora veinteañero jamás olvidará la primera noche que pasó en aquel entrañable lugar. El piso de parquet era tibio y café; la habitación, despojada de computador, televisión, radio o libros, incluso adornos, salvo por unos cuadros de repujado en bronce, dejaron al hombre consigo mismo, decidió entonces tirar el colchón sin sábanas sobre el piso y soñar con lo días que vendrían. Si quieren saber un secreto aquella noche también hubieron unas cuantas lágrimas y una masturbación o dos. La luz del alumbrado público era blanca; él, lindo, su cabello era negro y dormía con la paz que solo los niños de diecisiete años conocen.

En los días siguientes al inicio de clases la pradera que quedaba colina arriba en su ruta diaria de 4 minutos 50 segundos a la universidad se convirtió en su lugar favorito, si lograba despertarse muy temprano Daniel corría a mojarse de rocío los zapatos, caminar por ahí era como explorar una pequeña montaña sin tener que perderse en la jungla, los atardeceres morados, rosados y naranjas eran lo más parecido a un amigo que un chico nuevo podía tener.

En esos años -y la gente de mi generación sabe de lo que estoy hablando- todos coreábamos Kudai…

ya nada queda,

se fue nuestro amor,

las calles desiertas sin luz sin sol,

se fue el calor de amarte,

ya nada queda de nuestro amor… la ra la la la

Y la cantábamos a todo pulmón, publicábamos rudimentariamente en HI5, ser un poco emo estaba bien, el mundo era un poco más simple sin celulares táctiles, nos bastaba con el Messenger y definitivamente todos, pero todos creíamos cosas sobre el amor que jamás fueron ciertas.

La pampita verde fue humilde testigo del paso de los días, allí bebíamos, besé a alguien, un amigo me obligó a mirar la ciudad una noche de lluvia, perdí dinero, tomé fotografías, la pampita se quedó allí esperando, me mudé, nunca me despedí de ese lugar, mi primer hogar, ni de la pampita, los amigos se casaron, otros se marcharon, mi casita verde fue mi guarida, mi fortín, mi aliada y a veces mi propio infierno. Un día ya no volví más a la casita verde a la subida de la técnica, había devuelto las llaves y me había despedido de Don Marco y Doña Mélida, mis arrendatarios. Pasaron años otra vez y un día mi pampita, mi pradera, se convirtió en un horrible y polvoriento estacionamiento pensado por alguno de los ya acostumbrados mediocres que trabajan por aquí, un lugar insufrible que ya nadie aprecia. Un lugar que a menudo me recuerda aquello que no quiero que pase con mi vida.

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